Justicia de género

El maloliente espectáculo del juicio entre Johnny Depp y Amber Heard puede ser visto como lo que jurídicamente era: una demanda civil por difamación del actor por un artículo publicado por su exesposa, en el que le acusaba de violencia sexual. Pero la derrota de la actriz ha querido ser interpretada por demasiadas feministas como un retroceso en la lucha contra la violencia machista que supuso la explosión del MeToo y la confirmación de que una cultura patriarcal no cree a las mujeres que denuncian.

Como pasa tantas veces en estas cuestiones, lo que le ocurre a una mujer es interpretado como un signo de la condición femenina en general. La propia Amber Heard se escudó en esta interpretación tras el fallo, al afirmar: “Estoy tanto más decepcionada por lo que este veredicto supone para otras mujeres”. “Hace retroceder el reloj a una época en que una mujer que hablaba y denunciaba podía ser avergonzada y humillada públicamente”. No es que haya perdido un juicio. Es la “mujer” quien lo ha perdido. Parece que estaban incluidas también aquellas que formaban la gran mayoría de la multitud que celebró la victoria de Johnny Depp. Por no hablar de otras muchas que efectivamente participaron en la ridiculización de Amber Heard en las redes sociales. Quizá no habían leído el titular de Vogue que aseguraba: “Por qué hay que creer a Amber Heard”.

Pero en los tribunales no se trata de creer o no creer, sino de probar lo que una persona ha afirmado en contra de otra. Sin duda, hay que tomar en serio a las mujeres que dicen haber sufrido violencia sexual, pero esto no significa creerlas por el mero hecho de ser mujeres. La presunción de inocencia se aplica también a los hombres, incluso a personajes como Johnny Depp que resultan más respetables disfrazados de piratas del Caribe que en el papel de maridos ejemplares.

La justicia exige que en los tribunales los demandados sean tratados como individuos, no como representantes de un grupo. Responden de lo que han hecho ellos, no de las actitudes o necesidades de un colectivo.

Este rasgo básico de la Justicia puede ser olvidado en estos tiempos de políticas identitarias. Es lo que se observa en las declaraciones de Luisa Posada, teórica feminista española, para quien el juicio hay que verlo “en el contexto de una contrarreacción patriarcal en nuestros días para desempoderar a las mujeres y debilitar el movimiento de masas contra la violencia sexual del feminismo después del MeToo”. Nada menos. Esto sí que es una teoría conspirativa. Es probable que el jurado popular que condenó a Heard –formado por cinco hombres y dos mujeres– tuviera objetivos más modestos y ceñidos al caso, sin pretender desencadenar una contrarrevolución mundial.

Por otra parte, no da la impresión de que Amber Heard tuviera un problema de falta de poder. Como se hace en tantos otros casos, más de uno plantearía si no se ha beneficiado en su vida del “privilegio blanco”. Pero aquí aparece como víctima de la secular opresión patriarcal.

Lo que pasa, según otras feministas, es que Amber Heard –blanca, rica, famosa– no respondía a la imagen de víctima que tenemos en nuestro imaginario colectivo. Para  Dora Barrancos, socióloga e historiadora feminista argentina, “es la victimización de la interseccionalidad: que a una mujer pobre, negra, discapacitada, siempre se le va a ver mucho más como a una víctima”.

Pero, de nuevo, al poner el acento en si una persona pertenece o no a un grupo históricamente marginado, se la está juzgando como miembro de un colectivo. Pero no es coherente presentar el caso de Heard como típico de la condición de la mujer actual, y luego lamentarse de que no se la vea como víctima en su singularidad, aunque escape a los rasgos acostumbrados de las mujeres que sufren violencia.

Quizá lo que revela la idealización de Amber Heard por ciertas feministas es el tipo de mujer que recibe una atención privilegiada por parte del MeToo. Como ha escrito Brendan O’Neill, “confirma hasta qué punto ha sido ideológico el ‘Creed a las mujeres’. ‘Creed a las mujeres como yo’ habría sido un grito aglutinador más honesto para las woke, bien instruidas guerreras de la era MeToo”.

Si se trata de luchar contra los estereotipos de género que pueden afectar a las partes intervinientes en un proceso, también habrá que superar el estereotipo de que una mujer tiene razón en un caso porque otras muchas sufren esa situación.

Hoy día hay activistas llenos de buenas intenciones que pretenden destapar un ojo de la venda de la Justicia para que vea el género, la raza o la clase social de los que recurren a ella. Pero la Justicia es más objetiva cuando no se quita la venda.

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