Generaciones insostenibles

Es difícil encontrar hoy día algún producto o servicio que no se proclame “sostenible”. Desde la crema de afeitar a la camiseta de moda, todo presume de su sostenibilidad. Es una de esas cualidades fetiche de las que toda empresa puede alardear, entre otras cosas porque nadie va a ponerse a comprobarlo. No me extrañaría que en las cajas de municiones en la guerra de Ucrania pusiera “proyectiles sostenibles”. La sostenibilidad subraya nuestro compromiso con las generaciones futuras. Pero habría que preguntarse si el componente demográfico que transmitimos en los países ricos garantiza un futuro sostenible a las siguientes generaciones.

A mi correo electrónico llega una invitación a sumarme virtualmente a una “Sustainability Summit” organizada por la OCDE. Se trata de hablar de la sostenibilidad en energía, agua, residuos, alimentos, infraestructuras, incluso, como no podía ser menos, de igualdad de género… ¿Y de población? ¿No están los países ricos –y otros más bien pobres– lejos de satisfacer la sustitución de generaciones?

Sobre la sostenibilidad pueden leerse –no siempre con provecho– innumerables informes. Pero una explicación simple nos dice que la sostenibilidad consiste en satisfacer las necesidades de las generaciones actuales sin comprometer los recursos de las generaciones futuras, buscando un equilibrio entre el crecimiento económico, el respeto al medioambiente y el bienestar social.

Pero si no hay que comprometer los recursos de las generaciones futuras, la primera sostenibilidad –base de todas las otras– es garantizar la sustitución de generaciones. Si no existe la población suficiente para trabajar y explotar los recursos heredados, el futuro solo augura la pérdida de dinamismo económico y de creatividad social.

Con una tasa de fecundidad de 1,55 hijos por mujer como media en la UE, ningún país europeo asegura la sustitución de generaciones, que exige al menos un 2,1. En España, con una tasa de 1,3, estamos incluso por debajo de esa media ya de por sí insuficiente.

Esta tendencia demográfica solo puede llevar a la pérdida de peso de Europa en el mundo. La población de la UE (448 millones) representa hoy el 5,6% de la población mundial y en 2050 se prevé que no llegue al 5%. Y la pérdida del recurso poblacional solo puede ser compensado por la inmigración.

El último estudio de la División de Población de la ONU constata que, en los países desarrollados, la inmigración es el primer factor de crecimiento de la población. Europa es el continente más afectado. Su déficit de crecimiento natural, cerca de un millón al año antes de la pandemia, solo ha podido ser compensado por la aportación de la inmigración (1,4 millones en 2021). Por mucho que clamen los partidos contrarios a la inmigración, esta aporta los brazos que faltan cada vez más.

Es difícil que sea de otro modo mientras no cambien las tendencias demográficas. En España, desde hace años hay más ataúdes que cunas. Según los últimos datos del INE, en el primer semestre de este año nacieron 159.700 bebés frente a los más de 227.000 fallecidos en el periodo. Y hasta quince provincias registraron un saldo de dos o más fallecidos por cada recién nacido.

Trabajadores no renovables

Hay quien piensa que cuanto menos crezca la población, mejor. Menos recursos consumirá. Más sostenible será. Pero esto es una falta de perspectiva económica. La escasez de nacimientos y el envejecimiento de la población está llevando ya a la penuria de mano de obra en diversos países europeos, de modo especial en la locomotora alemana. El pasado julio, en Alemania había dos millones de empleos vacantes. Los empleadores ya no saben qué hacer para atraer trabajadores en la hostelería, en la restauración, en los aeropuertos, en los transportes, en el sector de cuidados. La escasez de mano de obra amenaza no solo la reactivación de la coyuntura económica, sino también la capacidad del país para funcionar a medio y largo plazo. De ahí la reforma de la ley de inmigración, uno de los proyectos esenciales del gobierno de coalición, para facilitar la apertura del mercado de trabajo a los extranjeros, cuando ya las reservas demográficas de los países de Europa del Este se han agotado.

En España somos ya conscientes de que cada vez hay menos personas en edad de trabajar por cada jubilado, déficit que amenaza el sistema de pensiones. Estos días lo tenemos más presente, con la llegada de los hombres de negro que envía Bruselas para comprobar que nos tomamos en serio la reforma de las pensiones. Pero también en Francia, Macron, en su nuevo mandato presidencial, ha vuelto a retomar su indispensable proyecto de retrasar la edad de jubilación hasta los 65 años, para garantizar la sostenibilidad del sistema de pensiones.

Lo llamativo es que al hablar de sostenibilidad se soslaye el problema de la pérdida de población joven y activa. Basta ver los temas del reciente discurso de la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, sobre el estado de la UE: guerra en Ucrania, reorganización de la política energética, reforma del mercado eléctrico, crisis climática… Sin duda, problemas importantes. ¿Población? Ni una palabra. ¿Cómo pueden ser sostenibles políticas que no tienen en cuenta el principal y escaso recurso? Los famosos fondos europeos llevan el prometedor nombre de “Next Generation”, pero si de algo estamos seguros es que la próxima generación va a ser más reducida que la actual, y además deberá asumir la carga de devolver esos fondos.

En España tenemos un Ministerio con el pomposo título de Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico. Nada menos. Nuestro reto demográfico está claro, con una población incapaz de asegurar la sustitución de generaciones y una España vaciada en distintas regiones con una población envejecida. Pero si el Ministerio está muy activo en las energías renovables, parece que la renovación de las generaciones le trae al pairo o le supera.

En cambio, está muy activo el Ministerio de Igualdad, que con la ampliación de la Ley del Aborto contribuirá a que nazcan menos niños. Ya actualmente de cada cinco embarazos uno termina en aborto provocado. Pero, en lugar de procurar quitar obstáculos a la realización de la maternidad, todo el instrumental de la ley va dirigido a promover una salud reproductiva que evite la reproducción y, en último término, recurra al aborto sin restricciones.

Ya es hora de reconocer que ninguna sostenibilidad es posible si no aseguramos que la misma población sea sostenible. Si se trata de satisfacer nuestras necesidades sin comprometer los recursos de las generaciones futuras, lo primero y principal es no recortar el empuje demográfico que hará posible el aprovechamiento de los recursos.

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