Todos somos… ¿George Bush?

Militares en las calles de ParísTambores de guerra al yihadismo en Europa. Los 12 muertos de los atentados de París han sido nuestro continental 11-S, y de repente la UE  exhibe músculo y determinación frente al extremismo islámico. Francia saca el ejército a la calle en labores de vigilancia, y el moribundo Hollande recupera puntos de popularidad poniéndose a la cabeza no solo de la manifestación, sino también de la lucha al terrorismo y despidiendo  a las tropas a bordo del portaviones. Las metralletas de los policías tienen el gatillo más fácil, y quien les hace frente sabe que no se molestarán en enviar un negociador.

Defendemos que la libertad de expresión no tiene límites, con o sin caricaturas de Mahoma, pero para defenderla los Estados empiezan a implantar recortes en otras: las escuchas telefónicas de urgencia sin autorización judicial ya no escandalizan, la apertura de e-mails se justifica, la mera visita habitual de webs reputadas como yihadistas se propone como delito en España,  se habla de retirar el pasaporte o de impedir regresar a Europa a los que hacen una gira no turística por el Estado Islámico, las redadas de sospechosos se multiplican…

En un momento de alarma social, los gobiernos tienen que demostrar que velarán por la seguridad de los ciudadanos frente a los que predican y practican la violencia. Pero los europeos no deberíamos olvidar que hasta ayer mismo nos dedicábamos a arremeter contra la “histérica” guerra al terrorismo que lanzó George Bush tras los atentados terroristas del 11-S, cuyas previsiones legales se han mantenido en buena parte. La Patriot Act de 2001 parecía un vademécum de atentados a las libertades; pero ahora se moviliza a los juristas para diseñar en la UE  una legislación especial antiterrorista. Nos rasgábamos las vestiduras tras las revelaciones de Snowden sobre el espionaje abusivo de la Agencia Nacional de Seguridad; pero de repente descubrimos que la privacidad puede ser un obstáculo en la lucha contra los terroristas y el secreto de las comunicaciones parece menos sagrado. El Parlamento Europeo se dedicaba a aprobar resoluciones contra “los vuelos de la CIA” y la colaboración prestada por algunos gobiernos europeos; pero ahora se multiplican las redadas en Francia, Alemania o Bélgica en busca de sospechosos yihadistas. Esperemos no descubrir alguna justificación para los “interrogatorios reforzados”.

Quizá todas estas medidas sean inevitables. Pero entonces los europeos deberíamos reconocer que Bush y compañía marcaron el camino. Como no puede ser menos, los gobiernos nos dicen que el refuerzo de las medidas de seguridad será siempre compatible con el disfrute de las libertades. No dudamos de sus intenciones. Pero nos gustaría tener la seguridad de que no perderemos libertades.

También nos dicen que los buenos ciudadanos no tienen nada que temer de estas medidas, pues todo se hace por su bien. Pero cuando se aprueba un modo de tratar al ciudadano como si fuera sospechoso, empezamos a perder garantías. Si algo caracteriza a una democracia es que el poder no decide quién es un buen o mal ciudadano, calificación que solo puede hacer un tribunal a partir de hechos demostrados.

En cualquier caso, si vamos a seguir por la senda que abrió EE.UU. con George Bush, aprendamos también de sus errores, de los daños colaterales y de los efectos perversos no buscados, tanto desde el punto de vista de la eficacia como del impacto sobre las libertades.

Más que una legislación en caliente necesitamos unas leyes inteligentes hechas con cabeza fría. Necesitamos una política firme que sepa cuáles son los objetivos, los medios y las estrategias en esta guerra no buscada con el yihadismo.

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