Peregrinos y turistas

CC. José Antonio Gil Martínez

La espiritualidad sin religión es uno de los rasgos de nuestra época secularizada. Esta espiritualidad muestra que uno no es un burdo materialista, sino que está abierto a valores trascendentes. Tales creencias blandas permiten gozar de la aprobación social que nuestro mundo sigue otorgando a las “cosas espirituales”, sin las asperezas de las religiones organizadas (doctrinas, preceptos, compromiso, exclusividad). Este talante se refleja, por ejemplo, en el modo en que se ve el Camino de Santiago en la Europa secularizada.

A diferencia de lo que ocurría en el siglo XIX y aun en las décadas de los años sesenta y setenta del XX, ni los ateos se molestan en discutir la presencia de las reliquias del Apóstol en Compostela. Se acepta como una opción más dentro del variopinto escaparate de espiritualidades. Pero también es posible que la visión positiva del Camino se presente dentro de un contexto que desvirtúa su origen netamente religioso.

Hace unos días tuvo lugar en Logroño una “Cumbre del Camino”, con la asistencia de la ministra de Industria, Comercio y Turismo, Reyes Maroto, y los presidentes de los gobiernos de Navarra, Aragón, La Rioja, Castilla y León, y Galicia, así como de la Asociación de Municipios del Camino de Santiago. En este acto institucional subrayaron la trascendencia de una ruta con siglos de historia y se comprometieron a seguir trabajando en difundir y proteger el Camino. Ahora se trata de recuperar la actividad del Camino tras un año de pandemia que dejó desiertas las rutas.

En los discursos, se advierten los motivos tan a ras de tierra que tienen los políticos para animar a peregrinar a Compostela. Recuperar el turismo y la actividad económica en torno al Camino es el deseo más ardiente, con el mismo interés con que peregrinos de otros tiempos buscaban obtener el perdón de sus culpas. La presidenta de Navarra se enorgullece de que “tenemos un entorno natural de primer orden y además trabajamos desde el punto de vista de turismo sostenible”. La presidenta de La Rioja resalta la necesidad de consolidar el camino como “un motor de desarrollo económico y social sostenible, respetuoso con el entorno natural y que fomente la igualdad y la cohesión de los pueblos”. ¿Hay quien dé más de lenguaje políticamente correcto?

Sin despegarse de la visión del Camino como un recurso turístico y económico, hay quien apunta hacia motivos no solo materiales, aunque sin exagerar. La ministra Maroto habla de impulsar “los valores del Camino”, y el presidente de Castilla y León es el más lanzado al asegurar que, tras la pandemia, “volvemos a peregrinar y a encontrarnos con la realidad interior”.

La pomposamente llamada Declaración de Logroño, allí firmada, destaca la contribución del Camino a la creación de la identidad europea. “Esta identidad cultural –de ayer y de hoy– es el fruto de la existencia de un espacio europeo, soporte de la memoria colectiva, que está recorrido por caminos que hacen vencer las distancias, fronteras e incomprensiones”.

Todo esto es verdad. Pero si se silencia la motivación religiosa que está en el origen y en la permanencia del Camino, se falsifica su sentido y hasta se hace más difícil promocionarlo. Si el Camino se ve solo como un recurso turístico y un medio de superar fronteras e incomprensiones, lo mismo daría que se peregrinase al Finisterre para comer percebes.

Nos extrañaría que un ministro de Cultura valorase las artes plásticas solo porque promueven la venta de materiales para pintura o escultura, o que apreciase el cine porque da empleo a los actores e ingresos a los ayuntamientos con los rodajes en la calle.

Pues olvidar la dimensión religiosa del Camino es también reductivo. Y más si se tiene en cuenta que de los 347.578 peregrinos de 2019, el 40% declararon haber hecho el Camino por motivos religiosos, el 49% por motivos religiosos y  culturales, y un 11% por motivos de otro tipo.

Tampoco vamos a esperar que los políticos se planteen una pastoral religiosa del Camino. Como los reyes de otros tiempos se preocuparon de construir albergues y hospitales, es bueno que los gobernantes se ocupen del equipamiento público que facilita la peregrinación. Pero sí es necesario que no olviden la motivación religiosa de la mayoría de los peregrinos y que pierdan el miedo a mencionarla.

Los peregrinos medievales no iban a Compostela por el afán de conocer otras culturas o de estrechar lazos entre los pueblos. Tampoco buscaban la salud corporal, pues no fue un santuario destacado por sus milagros. La razón principal era recibir la absolución de sus pecados, aunque en el Camino pusieran en riesgo su salud. Eran peregrinos, no turistas. Y no parece que los pecados hayan cambiado mucho desde entonces.

Dentro del subjetivismo religioso de hoy, las razones por las que se peregrina a Compostela son tantas como peregrinos. La mayoría declaran una intención religiosa, otros desean “encontrarse consigo mismo”, hay quien lo ve como unas vacaciones turísticas, y quien lo vive como una experiencia cultural.

Tampoco hay que perder de vista el poder transformador del Camino. Hay quien lo empieza como turista y lo acaba como peregrino. La experiencia indica que a lo largo del Camino hay quien descubre la fe o la reencuentra tras un tiempo de abandono. El Camino está abierto a todos: a católicos y a otros cristianos, a creyentes y no creyentes, a gente en búsqueda y a gente lastimada por la vida. Pero no creo que a nadie se ponga en camino para promover el turismo sostenible.

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2 respuestas a Peregrinos y turistas

  1. Manuel José Bertrand Álvarez dijo:

    Sr. Aréchaga, me gusta cómo ha desentrañado el verdadero sentido del Camino de Santiago, partiendo de un acto oficial con visos casi meramente económicos y algo cultural.
    Un cordial saludo.

  2. los peregrinos ‘clásicos’ nos distanciamos del reduccionismo
    naturalista de la peregrinación. La crítica hacia esa tendencia que usted hace nos estimula a potenciar la fuerza espiritualizante del Camino.

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