Al gimnasio con química

gym2Apuntarse al gimnasio es el típico propósito de comienzo de año. En aras de mantenerse en forma y perder kilos, no importa verter sudor, horas y dinero. Tampoco hay que gastar mucho, pues en España se ha impuesto el modelo low cost, accesible a todos aunque tengas que traerte de casa las toallas.

Si el sector de los gimnasios se resintió con la crisis, ha sido uno de los primeros en recuperarse y ya ha vuelto a crecer. Hasta el punto de que España se ha convertido en una potencia de la industria del fitness, que engloba a 4.300 gimnasios (1.300 de ellos públicos). Según un informe de Deloitte para Europe Active, España es el cuarto país de Europa por número de socios (4,9 millones) y el quinto por facturación (2.134 millones de euros anuales). Ante estas cifras, sorprende que nadie mencionara el tema en las pasadas elecciones: el gobierno podría hacer sacado pecho con una tendencia que avala la buena salud del ciudadano y de la economía, y la izquierda podría haber exigido que el derecho a ir al gimnasio quede blindado en la Constitución.

Esta preocupación por esculpir el cuerpo y superarse a uno mismo, puede tener también sus derivas patológicas. La lucha contra el dopaje es hoy un problema en cualquier deporte de élite. Pero cada vez más síntomas indican el riesgo del dopaje no ya en la alta competición, sino en pruebas de aficionados. Mientras se multiplican los maratones y sansilvestres, y se popularizan competiciones de deporte extremo con pruebas cada vez más duras, crece la tentación de recurrir al dopaje, aunque no haya premios económicos.

Siempre ha habido un tráfico de anabolizantes y sustancias prohibidas en torno al mundo de los gimnasios. Su clientela habitual ha sido una minoría de obsesos por el músculo, capaces de poner en riesgo su salud con tal de impulsar su crecimiento muscular o aumentar sus glóbulos rojos. La popularización del reto deportivo ha ampliado esta clientela, con el agravante de que, a diferencia del deporte profesional, en estos casos se trata de un dopaje también de aficionados, con sustancias de origen dudoso y sin control de un experto.

El modo de ver las drogas en la sociedad actual favorece también este atajo hacia el éxito deportivo. Vivimos en una sociedad cada vez más receptiva a las drogas y a los estímulos artificiales. La propia idea de naturaleza humana está cuestionada, y el imperio del deseo puede decidir hasta la identidad sexual. Las prótesis no se ven ya como recursos para compensar la discapacidad, sino como medios legítimos de potenciar las capacidades humanas, biológicas o psíquicas. ¿Por qué no utilizarlas también en el deporte? Para el mundo que nos anuncia el transhumanismo, el cuerpo no sería más que un mero instrumento, que puede ser rediseñado y mejorado.

Cuando no está en juego el triunfo en una competición o un premio económico, sino solo el afán de superación, de bajar la propia marca, el recurso al dopaje es todavía más absurdo. Es como intentar hacerse trampas a uno mismo. Aunque también hay muchas veces un componente de vanidad, un deseo de impresionar a otros.

En una sociedad acostumbrada ya a los retoques del Photoshop, al Botox y a la manipulación de los asesores de imagen, el recurso a lo artificial en el deporte parece también legitimado. Tras machacarse en el gimnasio, ¿por qué no triturar también una pastilla?

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