
Como un nuevo mantra, desde la izquierda europea se repite hoy que la austeridad no es la única opción; hay que buscar el crecimiento para salir de la crisis. El triunfo de Hollande en Francia, el protagonismo de Syriza –la coalición de izquierdas en Grecia–, o la protesta aglutinada por el cómico Beppe Grillo en las elecciones locales italianas, serían signo de que la gente empieza a reaccionar contra las recetas de dieta presupuestaria a ultranza.
Lo que se presenta como una vía económica alternativa por ahora es más un voto de protesta que un programa. Decir que la política económica debe centrarse en el crecimiento es una obviedad. La economía siempre busca crecer. Lo que se discute es cómo poner unas bases sólidas para que el crecimiento sea posible. Y aunque las prácticas temerarias del sector financiero estén en el origen del descalabro, la crisis ha puesto de relieve que bastantes países europeos, entre ellos España, estaban viviendo por encima de sus posibilidades, con un desarrollo no sostenible del Estado de bienestar y con una adicción al endeudamiento que les ha puesto al cuello el yugo de “la tiranía de los mercados”.
Cuando ha llegado el momento de mirar de frente a la incómoda realidad, algunos reaccionan como si un gobierno irresponsable estuviera haciendo trizas el magnífico traje del Estado de bienestar. En realidad, ya desde hace tiempo el traje se había quedado corto para cubrir los sucesivos estirones del muchacho, que crecía más que la economía. Luego vino la crisis, con una brutal caída de los ingresos vía impuestos, lo cual es como si un traje ya corto encogiera por un lavado incorrecto. Al final, lo que llamamos recortes es solo el reconocimiento de que hay que ajustar los gastos a los medios disponibles, pues no es posible huir hacia delante contrayendo más deudas.
El endeudamiento tiene sentido cuando se trata de hacer inversiones que van a producir un retorno en el futuro, con el que podrá devolverse el crédito. Pero cuanto tienes que endeudarte cada vez más para pagar los gastos corrientes, es que verdaderamente estás entrampado, y tus prestamistas te van a exigir cada vez más para dejarte dinero. Esto le pasó tanto a Carlos V con sus banqueros como a la España de hoy con la prima de riesgo.
Nadie niega que hace falta estimular el crecimiento, si queremos reducir el paro y aumentar los ingresos fiscales. Pero invocar el crecimiento como alternativa a la austeridad no pasa de ser un eslogan cuando no se ve un programa que vaya a hacer posible ese salto. Si uno observa el programa económico de Hollande –que ha pasado a representar la alternativa socialista a las recetas Merkel– encuentra que está trufado de medidas que más que fomentar el crecimiento, son un lastre. Mantener sin excepciones la jornada laboral de 35 horas, supone producir menos y más caro; acabar con la política aplicada por el anterior gobierno de sustituir solo a un funcionario por cada dos que se jubilen, aumentará el sector público y el gasto; contratar a 60.000 profesores más, viene bien para la enseñanza, pero no repercute en mayor crecimiento; dar marcha atrás de los 62 a los 60 años en la edad de jubilación, aunque afecte a pocos, significa que habrá menos gente trabajando. Y está por ver si el aumento de la fiscalidad a los más ricos y a las grandes empresas servirá para cubrir estas y otras medidas sociales sin aumentar el déficit.
Más que una vía alternativa al crecimiento, lo que predomina hoy en la izquierda mediterránea es una reacción emocional contra la Merkel, los bancos, los mercados, los recortes, Bruselas, la troika y cualquier mensajero de exigencias. Más que crear una nueva realidad, parece que se trata de dar la espalda a las realidades desveladas por la crisis. Todo esto tiene mucho de infantilismo, que solo se puede curar con un mayor crecimiento… político.

Pingback: Frente a austeridad, crecimiento político | Artículos para el Club Sénior Brafa
Pingback: Frente a austeridad, crecimiento político | Artículos del Club Sénior