El dopaje de género

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Meldonium está haciendo estragos en el podio de los campeones. La sustancia que aumenta el rendimiento se ha llevado por delante a Maria Sharapova, la tenista rusa de 28 años que, aunque sea la número 7 en el ranking del tenis femenino, es la deportista que más ingresa en todo el planeta, a base de premios y sobre todo de patrocinios. Con un físico imponente, 1,88 de estatura, melena rubia y un agudo olfato financiero, la Sharapova no necesita muchas medallas de oro para ganar casi 30 millones de dólares al año.

No vamos a pensar que eso se consigue solo con Meldonium. Pero si el fármaco fue prohibido por la World Anti-Doping Agency desde el pasado 1 de enero fue porque se descubrió que no pocos deportistas lo tomaban para combatir el estrés, aumentar la resistencia y reducir el periodo de recuperación. En definitiva, una mejora del rendimiento no por esfuerzo humano sino por la ayuda de un fármaco, concebido en principio para problemas de corazón.

Pero Sharapova no es ni mucho menos la única que ha utilizado meldonium. Ya ha salido a la luz que más de sesenta atletas, incluidos medallistas olímpicos, han dado positivo este año por meldonium. Los atletas rusos y sus autoridades deportivas han estado a menudo bajo sospecha. Pero ahora resulta que también los atletas africanos están afectados. La etíope Abeba Aregawi, campeona del mundo de 1.500 metros en 2013, que ahora corría por Suecia, también ha dado positivo por meldonium. Y Kenia, la gran potencia mundial de fondo, está sometida a escrutinio por la agencia antidopaje. O sea, que no todo se explica porque desde pequeños los africanos tenían que ir corriendo desde su remoto poblado hasta la escuela.

La lucha contra el dopaje en el deporte es una lucha por la verdad en la competición, por la eliminación de ventajas injustas en la palestra deportiva, para que los triunfos sean fruto del esfuerzo y de la habilidad y no de la química.

Curiosamente, este control antidopaje cada vez más estricto coincide con una mayor tolerancia hacia las ventajas que pueden disfrutar los atletas transexuales al competir como mujeres cuando su sexo biológico es de varón. Hasta ahora estos asuntos se trataban caso por caso, y se exigía que estos deportistas se hubieran sometido a una operación. Ahora el Comité Olímpico Internacional ha recomendado a las federaciones que admitan a deportistas transexuales, con el único criterio de los niveles de testosterona. Los hombres producen esta hormona en niveles superiores a las mujeres, por lo cual suelen tener más estatura, más masa muscular, más capacidad torácica y mayor resistencia. De ahí que la competición deportiva siempre se haya dividido por sexos.

Para abrir cancha a los transexuales, la recomendación del COI es que a partir de ahora el criterio diferenciador no sea el sexo, sino los niveles de testosterona: los hombres que quieran competir con mujeres han de tener un nivel de testosterona inferior a 10 nanogramos por mililitro de sangre, cuando lo normal en el hombre es de 35 a 120. Todo esto obliga a recurrir a tratamientos artificiales: los hombres que quieran competir como mujeres tienen que someterse a tratamiento con estrógenos para frenar la producción de testosterona y las mujeres que quieran competir con hombres tendrán que someterse a tratamientos contrarios con testosterona sintética, un anabolizante prohibido por el Código Mundial antidopaje.

No deja de ser paradójico que lo mismo que se prohíbe para garantizar la verdad de la competición, se permita para trastocar la realidad del sexo biológico. Mientras en un caso se quiere erradicar el artificio que potencia lo natural, en el otro se utiliza para enmascarar la verdad biológica.

Además, siempre habrá ventajas competitivas que un tratamiento con hormonas no impedirá. Un pivot transexual de dos metros jugando en un equipo femenino siempre mantendrá una ventaja, aunque sus niveles de testosterona hayan bajado artificialmente.

Pero algunos transexuales se rebelan también contra el criterio de la testosterona. La ciclista canadiense Kristen Worley, que nacida hombre quiere competir como mujer, ha demandado al COI ante un tribunal de Toronto. Worley, que es también una activista transgénero, piensa que “la diferencia no está en la testosterona, sino en lo que sienta la persona”. Olvidemos la genética, las hormonas y el físico, lo importante es lo que uno “siente” como su identidad. Aunque con criterio tan subjetivo, en caso de duda sobre quién ha ganado una carrera no habría que recurrir a la “photo finish” sino al criterio de quién se siente más ganador.

Worley reclama la libertad de competir como mujer sin que se le controle el nivel de testosterona. Asegura que “la hormona es básica para que funcione mi organismo”, en lo que quizá no le falta razón. Pero eso mismo está indicando la realidad de su sexo biológico.

Sin embargo, en este asunto la ideología prima sobre la biología. La recomendación del COI se presenta guiada por el objetivo de integrar la identidad de género en las competiciones deportivas. Pero lo que muchos temen es que introduzca una inevitable polémica cuando algún transexual gane una medalla.

La persecución del dopaje químico va a perder credibilidad si se admite este dopaje de género por criterios extradeportivos. Por eso, creo que Maria Sharapova merece una mirada más positiva, aunque haya potenciado su biología, que los Worleys que quieren negarla y competir como lo que no son.

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