La muerte en las encuestas

Decretar la muerteLa guillotina cayó por última vez en Francia en 1977, aunque la pena de muerte no sería abolida hasta 1981, siendo presidente François Mitterrand. Pero, casi 35 años después, el 52% de los franceses son favorables a la reinstauración de la pena capital, y el porcentaje ha subido 7 puntos desde el año pasado. El atentado contra “Charlie Hebdo”, la amenaza terrorista, algunos asesinatos de niños, favorecen un creciente endurecimiento de la opinión pública.

En el programa del Frente Nacional, partido emergente, figura un referéndum sobre la pena capital. Pero no pensemos que sus partidarios están solo en la derecha. Entre los simpatizantes socialistas, el 36% está a favor (15 puntos más que en 2014). La proporción aumenta también entre los cuadros y las profesiones intermedias (39%) y entre los jubilados (53%).

Según Brice Teinturier, director general de Ipsos –empresa realizadora de la encuesta– los estudios “muestran una fuerte progresión del apoyo al restablecimiento de la pena de muerte desde 2010”. Los atentados de enero han hecho saltar los frenos, pues “el sentimiento de que la violencia es cada vez más fuerte lleva a radicalizar la toma de postura”.

En estos casos, de poco sirven las estadísticas que hacen ver que la pena capital no tiene un efecto disuasorio o que el Código Penal se está endureciendo mientras que las cifras de la  delincuencia  violenta están bajando. La opinión pública pide castigos, mano dura, retirar al criminal de la circulación cuanto más tiempo mejor, no precisamente favorecer su reinserción. Es el mismo clima que en España ha llevado a la instauración de la cadena perpetua revisable en la última reforma del Código Penal.

Para poner la cuestión en su contexto, hay que recordar que cuando se abolió la pena de muerte en 1981 los partidarios de mantenerla eran el 61% de los franceses. En Francia, como en tantos sitios, la pena de muerte se ha abolido no por seguir un movimiento de la opinión pública, sino a contra corriente. Lo llamativo es que hoy veamos un resurgir de sus partidarios, sin distinción de sensibilidades políticas.

¿Se puede resolver una cuestión de este tipo simplemente con encuestas? Anne Denis, responsable de la comisión para la abolición de la pena de muerte en Amnistía Internacional,  piensa que no: “En lo que concierne a la pena de muerte, la respuesta espontánea, emocional, es estar a favor: uno se ve como víctima potencial, piensa en sus hijos, en sus nietos…Pero en los grupos de educación sobre los derechos humanos, a partir del momento en que se introduce un elemento de reflexión, se abre un tragaluz que hace que la gente no considere normal ejecutar a nadie”.

Ciertamente, la respuesta emocional suele ser bastante unilateral. Ocurre lo mismo con ese otro gesto de muerte que es la eutanasia. Muchas veces las encuestas se realizan cuando el caso de un enfermo desahuciado que pide la eutanasia toca la fibra sensible de la opinión pública. Entonces la respuesta espontánea es favorecer que la muerte provocada libere al enfermo de su angustia. Fácilmente se pierden de vista los demás elementos de reflexión sobre las consecuencias de la eutanasia: la presión sobre los ancianos enfermos que se pueden sentir como una carga, la degradación de la profesión médica, el paso de voluntariedad a la imposición…

Muchas veces la misma formulación de las preguntas incluye ya un sesgo. Como cuando se pregunta si uno está a favor de la muerte digna (¿alguien va estar a favor de morir indignamente?) o si prefiere morir sin dolor aunque se adelante la muerte o dejar que la naturaleza siga su curso.

Si lo decisivo es respetar la autonomía y la libre decisión del paciente, ¿no habría que respetar también la de una condenado a cadena perpetua que prefiere la pena capital, que también los hay? Y si hay que rechazar la pena de muerte por ser incompatible con la dignidad de la persona, ¿podemos decir que, desde un punto de vista objetivo, resulta más respetable la vida de un preso condenado por violación de menores y asesinato que la de un enfermo terminal?

El argumento de que la mayoría justifica el suicidio asistido no es la ultima ratio como tampoco lo es en el caso de la pena de muerte. Lo decisivo será cómo entendemos la dignidad humana, y esto no puede medirse con encuestas.

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