Feministas versus trans

Los censos de población recogen cada vez más datos para que las políticas públicas puedan estar mejor orientadas. Pero curiosamente en el Reino Unido se están planteando prescindir de la pregunta más básica que siempre ha figurado en los censos: el sexo del que responde. Si el cambio prospera, en el censo del 2021 ya no se podría saber cuántos hombres y cuántas mujeres componen la población total.

¿A qué viene este misterio? Pues sí, lo ha adivinado: se trata de que los transexuales y no-binarios no se sientan “discriminados”. ¿Cómo ponerles en la disyuntiva de elegir entre hombre y mujer, un sexo biológico en vez del género? Según la consultora Ipsos Mori, que asesora a la Oficina del Censo, requerir una simple elección entre hombre y mujer “se considera ahora irrelevante, inaceptable, invasivo, particularmente para los transexuales”.

¿Irrelevante? Durante años se nos ha repetido hasta la saciedad lo importante que era mantener la perspectiva de género en todas las políticas. Conformarse con un número absoluto y unas reglas generales solo contribuía a ocultar la distinta situación de hombres y mujeres, a olvidar las necesidades específicas del género femenino, a perpetuar la desigualdad, cuando no la opresión. Y ahora, de repente, ya no importa ni saber cuántas mujeres hay.

Se comprende que una feminista clásica y aguerrida como Germaine Greer haya declarado al Times que las mujeres “salen perdiendo” con esta creciente tendencia a desdeñar la importancia del sexo. “Seguimos discutiendo sobre si las mujeres han conquistado ya todo lo que necesitan para ganar. Y resulta que ni tan siquiera han ganado el derecho a existir”.

Pero Germaine Greer se ha convertido ya en pensadora tóxica para lo políticamente correcto, desde que declaró que las mujeres transexuales no eran “verdaderas mujeres”. Con el mismo vigor con que antes criticaba la opresión patriarcal, mantiene ahora que el fenómeno de las mujeres trans no es más que un nuevo modo de colonización masculina del otro sexo, un intento fallido por parte de hombres de apropiarse de las características femeninas.

Sin atreverse a tanto, otras feministas han manifestado también su preocupación ante la tendencia hacia el “gender neutral”. Según Stephane Davies-Arai, “el sexo biológico de las mujeres está siendo borrado, y esto me horroriza. Cuando dejas de recoger información, siempre aparece un sesgo contra la mujer”.

La colonización del mundo femenino podría ir a más si en el Reino Unido se convierte en ley la propuesta de que el sexo de cada persona dependa solo de su “autoidentificación”. En uno de esos accesos que a veces les dan a los gobiernos conservadores para parecer modernos, desde 2016 se está discutiendo un cambio en la Gender Recognition Act. Actualmente un cambio de sexo requiere un informe psiquiátrico de disforia de género y la prueba de que uno lleva viviendo dos años en el género con el que quiere identificarse. Pero los activistas trans consideran que este es un procedimiento invasivo y demasiado medicalizado. En cambio, según la propuesta del comité nombrado por el gobierno, el género dependería de la “autoidentificación”, y el cambio sería tan fácil como rellenar un formulario.

No es extraño que la propuesta haya levantado mucha polémica, y que las reservas hayan provenido incluso de las filas feministas. La organización Womans’s Place ha promovido un diálogo para discutir las implicaciones que tendría para mujeres y niñas compartir espacios hasta ahora exclusivamente femeninos –baños, vestuarios, viviendas para mujeres maltratadas, prisiones…– con trans de cuerpo masculino, y los riesgos de falta de privacidad y abusos a lo que esto podría dar lugar.

Se comprende también que los padres, incluso los que se consideran más “inclusivos”, se sientan inquietos ante los riesgos que pueden correr sus hijas, y más en una época en que se mira con lupa a todo el que quiere trabajar con niños. Como ha escrito con gracia Libby Purves en el Daily Mail, “¿es sensato esperar que los padres confíen a sus hijas pequeñas –sin tan siquiera ser informados– a un camping dirigido por una musculosa figura llamada Maureen, que todavía se afeita cada día, y que no ha pasado ningún control médico, sino una mera ‘autoidentificación’?”.

También es significativo que para debatir sobre este tema haya hoy que superar un clima de intimidación. Las organizadoras del diálogo de Woman’s Place piensan que otras mujeres se plantean también estas cuestiones, pero no se atreven a expresarlas por miedo a ser etiquetadas de “transfobia”. Y la intimidación no es solo mediática. Como cuenta The Guardian, en Bristol, en Cardiff, en Oxford y hasta en el mismísimo Speaker’s Corner en Hyde Park, ha habido incidentes con activistas trans que han impedido hablar a feministas. Pero a medida que los activistas trans se sienten más seguros de que nadie se atreverá a oponerse a sus reivindicaciones, se vuelven más intolerantes.

Sin embargo, está saliendo a la luz un conflicto larvado entre las feministas y los/las activistas transgénero. Desde el pasado diciembre Gabrielle Bouchard –transexual– es la presidenta de la Federación de Mujeres de Quebec, una veterana institución con unas 300 organizaciones afiliadas. Pero desde entonces ha estado en polémica con el movimiento feminista. La escritora Denise Bombardier, figura de peso en el feminismo canadiense, ha escrito: “¿Cómo puede hablar en nombre de todas las mujeres, ella que ha sido formada en la cultura masculina, ignorando las experiencias vividas por las mujeres desde la infancia?”. Quizá porque la ideología de género ha decidido ignorar otras evidencias básicas, para consagrar que la “autoidentificación” no tiene nada que ver con la biología ni con la experiencia.

Esta es la paradoja: las feministas que siempre han estado luchando para que las mujeres accedan a puestos que solo ocupaban los hombres, se encuentran con que unas personas nacidas varones quieren disputarles los puestos en organizaciones exclusivas de mujeres.

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2 Respuestas a Feministas versus trans

  1. Echenique dijo:

    Pues estupendo tener unas aguerridas aliadas en contra de tanta aberración.

  2. Silvio dijo:

    Así mirado, también la estatura sería una pregunta invasiva, o el color de los ojos, e incluso cuántos televisores o computadoras dispone el encuestado en su casa, o si tiene una casa. Cualquier encuesta es, entonces, invasiva, y el asunto se trataría de determinar si hasta qué punto habrá de serlo. Es decir, ya va de jugar al absurdo o de reescribir a Kafka.

    Lastimosamente, al menos en el mundo de habla castellana, mucha gente se olvida de que tenemos un apoyo fenomenal en nuestra lengua debido a su bastedad, que permite nombrar a cada cosa por lo que es.

    En el diccionario panhispánico de dudas dice “Por lo tanto, las palabras tienen género (y no sexo), mientras que los seres vivos tienen sexo (y no género).” Por lo que desde ya aquello de “ideología de género” cae en error.

    De todos modos, así como el género no es el sexo, tampoco el sexo ni la sexualidad se limitan a la genitalidad. En este sentido, el argumento de Bombardier es, cuando menos, incontestable, porque la variable “experiencia” es la que echa por tierra aquella de “autoidentificación”.

    Muy buen artículo.

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