El espejismo de las manifestaciones

Manifestación

Las manifestaciones políticas, aunque parezcan sacar la verdadera realidad a la calle, son muchas veces engañosas. Y si no, que pregunten al decepcionado Artur Mas. Desde la manifestación independentista de la Diada el pasado 11 de septiembre en Barcelona, Mas se creía en la cresta de la ola liderando una marea imparable que acabaría en un nuevo Estado catalán. Y, por el momento, ha terminado con el barco de CIU encallado, tras tirar por la borda buena parte de la carga y necesitado de que otros le echen una mano. Cataluña ha demostrado ser más plural de lo que parecía y más cauta ante propuestas aventuradas.

El fracaso de Mas ilustra el riesgo de la política emocional. Embriagado por la agitación de una manifestación “histórica”, calculó mal sus fuerzas y sus apoyos. Se puso a hablar en nombre del pueblo catalán antes de que el pueblo hablara en las urnas, y ahora ha tenido que escuchar lo que no esperaba.

La experiencia indica que no hay que dejarse deslumbrar por la furia y el ruido de las manifestaciones. Para empezar, lo habitual es engañarse respecto al número de asistentes. En la propia Diada de Barcelona, las cifras oscilaron entre los dos millones que aseguraban los organizadores a 1,5 millones según la Guardia Urbana y a los 600.000 para la Delegación del Gobierno. Así ocurre siempre. Los organizadores tienen que demostrar que tienen al pueblo tras de sí, y sus adversarios, que no hay para tanto.

En cualquier caso, por multitudinaria que sea una manifestación, hay que evitar que el ruido se suba a la cabeza. En medio de la muchedumbre, entre gritos y pancartas, es fácil sucumbir a la sensación de fuerza, de mayoría y de cohesión que produce el número. Las razones del adversario parecen débiles frente al vigor de la propia propuesta unánime. Entre tantos que van del brazo, el triunfo parece al alcance de la mano.

Pero no conviene olvidar que, por multitudinaria que sea una manifestación, siempre hay muchos más ciudadanos que se han quedado en casa y que, sin embargo, también votan. Y aunque no salgan en el telediario, su voto va a contar tanto como el de los que fueron.

Tampoco hay que perder de vista que no todos los que asisten a una manifestación van por lo mismo ni piensan igual. Pueden estar unidos contra lo mismo, pero estar a favor de soluciones diversas.

Por eso, en general, las manifestaciones son más útiles como protesta que como fuerza impulsora de un proyecto. Una masa de ciudadanos descontentos no hace una fuerza política. Lo hemos comprobado también con el movimiento de los “indignados”, que no han sido capaces de formular y promover unas propuestas concretas.

Según encuestas del CIS, el 21% de los españoles dice haber participado últimamente en una manifestación, actividad que se ha convertido en la principal forma de participación política. Nunca ha habido tantas manifestaciones contra algo, pero para dar la razón a los que se manifiestan el martes habría que negársela a los que lo hicieron el lunes.

Por buena que sea la causa que uno defiende manifestándose –y todos pensamos que la que apoyamos lo es–, nada sustituye a la pedagogía diaria, a la conversación con el amigo, al razonamiento informado. La manifestación puede ser un momento excepcional, un mensaje clamoroso dirigido a los políticos. Pero el político deberá leerlo con calma y sangre fría, sobre todo si es a su favor.

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2 Respuestas a El espejismo de las manifestaciones

  1. Pere Navas dijo:

    Hace usted una interpretación muy repetida, que no aporta nada nuevo, y que manifiesta su incapacidad para entender lo que pasa en Cataluña. Como siempre, su ideologización de lo que es España le ciega y le impide razonar con coherencia. De sus palabras se deduce que lo de la autodeterminación de Cataluña es un bluf, cuando en realidad los dos partidos vencedores de las elecciones se manifiestan pro-autodeterminación. Se nota que Aceprensa tiene esas mismas ideas y le encargan a un bloguero que las diga, para no comprometerse como agencia periodística que -en principio- debe ser neutral…

    • El sónar dijo:

      Si lee con atención, verá que yo no digo que la autodeterminación de Cataluña sea un bluf ni me pronuncio sobre si es o no una postura mayoritaria. Lo que quería indicar es que el político –en este caso Artur Mas– puede calcular mal sus fuerzas y su estrategia, deslumbrado por una manifestación popular. Era una reflexión aplicable a cualquier otro tipo de causas, pues me interesan otras muchas cosas aparte de Cataluña.

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