Remedios convertidos en epidemias

Los llaman painkillers, pero en EE.UU. los analgésicos opiáceos están resultando killers en serie reclutados en farmacias. La adicción a fármacos opiáceos ha adquirido ya el carácter de epidemia. Cada año aumentan las víctimas de esta adicción, unas muertas por sobredosis y otras incapacitadas para el trabajo.

En la epidemia de analgésicos opiáceos se mezcla la creciente intolerancia al dolor y el agresivo marketing de los laboratorios. Los que al principio eran pacientes en busca de alivio de algún dolor acaban convirtiéndose en adictos, dependientes de fármacos recetados de manera bastante laxa por doctores no siempre bien informados por los laboratorios.

El resultado aparece en cifras fatídicas: en 2015 hubo en EE.UU. 33.091 muertes a causa de sobredosis de opiáceos, un 16% más que el año anterior. Ya hay más muertes por opiáceos legales que por heroína, aunque ambos fenómenos están entrelazados: gente que empezó por los fármacos acaba recurriendo a la heroína, que es más barata en el mercado negro y no necesita receta médica.

Las muertes por sobredosis llaman más la atención, sobre todo cuando quien muere es una celebridad como el cantante Prince. Pero hay otras muchas víctimas que no mueren, pero quedan incapacitadas para una vida normal: gentes que pierden el trabajo porque al no pasar el test de drogadicción no pueden manejar maquinaria o conducir, que quedan endeudados y que incluso pierden la custodia de sus hijos.

Todo esto supone una carga financiera y sanitaria para los estados, que deben afrontar los gastos de desintoxicación de los adictos, y los efectos colaterales como las ayudas a las familias necesitadas. Hasta el punto que algunos estados más afectados han decidido exigir responsabilidades a los laboratorios farmacéuticos, con la esperanza de lograr acuerdos ante los tribunales que les permitan obtener los recursos necesarios para atender a los pacientes.

Ohio es uno de los estados donde la crisis de opiáceos ha dejado una de las más altas tasas de muerte por sobredosis (4.169, según datos recopilados por Colombus Dispatch). Ante tal coste humano y financiero, el estado ha demandado a cinco compañías farmacéuticas, a las que acusa de haber espoleado la epidemia al “negar falsamente o trivializar los riesgos de los opiáceos, al mismo tiempo que exageraban los beneficios de utilizarlos contra el dolor crónico”. Según datos aportados por el fiscal de Ohio, Mike DeWine, 2,3 millones de residentes de Ohio obtuvieron recetas para estos analgésicos el último año, lo que equivale a la quinta parte de la población.

Ohio no está solo en sus reclamaciones. Mississippi demandó también en 2015 a esos mismos cinco laboratorios, y el juicio está aún pendiente. Pero ya anteriormente, en 2007, Purdue Pharma reconoció su culpabilidad por desinformar al público sobre el riesgo adictivo de uno de sus analgésicos, OxyContin, y se avino a pagar 634,5 millones de dólares al gobierno federal y a un grupo de estados.

Pero otras farmacéuticas, como Janssen en el caso de Ohio, defienden su actuación, alegando que sus analgésicos han sido aprobados por la Food and Drug Administration, y que los prospectos advierten de los conocidos riesgos de adicción. El caso es que el marketing de los laboratorios, la insistencia de los pacientes y la laxitud de los doctores en la prescripción, han acabado creando un problema sanitario con proporciones de epidemia.

No será fácil deslindar responsabilidades, pero siempre se puede sacar experiencia para situaciones similares. Por ejemplo, a la hora de legalizar la marihuana con fines terapéuticos, moda que está extendiéndose con mucha ligereza en EE.UU., como también en otros países. El cannabis está ya permitido en 29 estados para una variedad de indicaciones que no deja de crecer: aliviar las náuseas producidas por la quimioterapia, espasmos dolorosos de la esclerosis múltiple, pérdida de apetito de los enfermos de sida, contra la fibromialgia… No es que cure ninguna enfermedad, sino que con los cannabinoides se intenta aliviar los síntomas dolorosos de estas patologías.

Pensando en las mujeres

La última indicación que quiere añadirse a la lista es la de combatir los dolores menstruales. Así está planteado en una ley en trámite parlamentario en el estado de Nueva York, que asegura que “la marihuana terapéutica puede aliviar muchos de los efectos dolorosos de la dismenorrea”. La medicina se alía aquí también con la economía, pues el proyecto de ley afirma: “No solo mejorará el bienestar y la productividad de las mujeres durante la menstruación, sino que colocará al estado de Nueva York en la vanguardia de una de las industrias de mayor crecimiento en los Estados Unidos”.

Desde luego, convertir cualquier dolor asociado a la menstruación en causa de utilización del cannabis –sin distinguir mucho entre dolor leve o severo– es un modo de ampliar la base de esta “prometedora” industria. Pero no deberíamos olvidar que la industria farmacéutica ha hecho también otras promesas invocando el bienestar de las mujeres, promesas que nunca se han cumplido. ¿Qué ha sido de Addyl, bautizada como la Viagra rosa para estimular el deseo sexual femenino, que iba a revolucionar la vida sexual de las mujeres?

En la afición a utilizar el cannabis con fines terapéuticos influye también el afán recaudatorio de los estados, que ven ahí una nueva fuente de impuestos. Y para los que quieren impulsar la legalización definitiva de la marihuana con fines lúdicos, el posible uso terapéutico es una buena carta de presentación para ganar respetabilidad y apoyo público.

Menos entusiastas se muestran los estudios médicos que han puesto a prueba la eficacia del cannabis terapéutico. Un reciente estudio dirigido por la Dra. Penny Whiting, que revisa en la revista JAMA las investigaciones sobre los usos médicos de la marihuana, advierte que no hay pruebas que demuestren sus efectos para aliviar el dolor menstrual. Y aunque reconoce que hay algunos indicios de su utilidad para combatir el dolor crónico y los espasmos de la esclerosis múltiple, para otros síntomas su eficacia no está demostrada. Otras revisiones publicadas por diferentes organismos han llegado también a resultados que ponen en tela de juicio la amplitud de los efectos terapéuticos de la marihuana, a la vez que señalan los problemas asociados a su legalización (cfr. los publicados en Lancet Psychiatry, en JAMA, el del proyecto Dunedin…)

En general, estos estudios advierten en el caso de la marihuana terapéutica una laxa aplicación de los requisitos de eficacia y seguridad exigidos para los medicamentos, junto a una gran permisividad por parte de los médicos ante las peticiones de los pacientes, y piden que antes de aprobar la marihuana terapéutica se haga un minucioso estudio de sus riesgos.

Es un recurso fácil y emotivo para legalizar la marihuana terapéutica invocar el bienestar de los pacientes aquejados de algunos síntomas dolorosos; pero hay que valorar también si no hay ya otros fármacos disponibles, y si no se corre el riesgo de trasmitir el mensaje de que la marihuana no tiene riesgos. Por el momento, se advierte ya un incremento notable del número de ingresos en urgencias hospitalarias por el consumo de marihuana.

Quizá dentro de unos años se vea también el reguero de víctimas producidas por la extensión del consumo de marihuana, como ha ocurrido ya con el consumo de analgésicos opiáceos. Porque no es fácil lograr un uso puntual y con prescripción médica, sin facilitar un consumo descontrolado. Pero como la marihuana médica habrá tenido un respaldo legal, los estados no podrán pedir responsabilidades a los productores. Quizá estamos ya aquejados de una sobredosis de supuestos efectos terapéuticos del cannabis.

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Una Respuesta a Remedios convertidos en epidemias

  1. Sara Maria Consigli dijo:

    Muy bueno. Tenemos muchos pacientes en cuidados paliativos donde el cannabis se promete casi como curativa de la enfermedad, incluso en enfermos en etapa avanzada.
    Gracias!

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