Oiga, ¡un respeto para el humor!

Una sociedad sana sabe reírse de sí misma. Se siente suficientemente segura como para relativizar sus propias convicciones, reconocer sus puntos flacos y dejar espacio al humor. Las bromas ajenas pueden a veces molestar, pero todo el mundo reconoce que la sátira forma parte del juego social, y que no hay que rasgarse las vestiduras ante sus puyazos. En cambio, las sociedades ideológicamente encorsetadas tienden a ver toda burla de sus principios como una ofensa intolerable, toda ironía como una agresión, y, por lo tanto, ahogan el humor, al menos en público. Desde luego, el comunismo produjo muchos propagandistas, pero escasos humoristas. Aunque sí dio lugar a muchos chistes que lo ridiculizaban en privado.

Lo curioso es que las sociedades de Occidente, en teoría paladines de la libertad de expresión e incluso de la cultura transgresora, sean cada vez más reacias al humor sobre los problemas públicos. Cualquier colectivo o minoría sobre el que se haga un chiste reacciona con indignación considerándolo una ofensa a su identidad.

Lo políticamente correcto va ocupando así cada vez más espacios, incluso aquellos que por naturaleza están previstos para la transgresión y la irreverencia. En Brasil ha llegado incluso al Carnaval de Río, que en su pasada edición ha vetado algunas canciones tradicionales por considerarlas racistas u homófobas para los cánones actuales.

Tiene los días contados la “Cabeleira do Zezé” (La melena de Zezé), que se ríe de las perplejidades que despierta un “transviado” y que, para salir de dudas, termina diciendo “¡córtale el pelo!”, frase que los críticos interpretan nada menos que como una incitación a la violencia contra los travestis.

El autor de la canción, João Roberto Kelly, se quejaba en declaraciones al diario O Estado de S. Paulo: “Nunca vi una vigilancia tan grande, ni en los tiempos de la dictadura. El carnaval es una broma. Nos reímos del calvo, del barrigudo, no podemos tomarnos las cosas al pie de la letra”.

¿Reírse del barrigudo? Eso sería antes. Hoy equivale a incurrir en leso delito de “obesofobia”, vigilado de cerca por alguna asociación en defensa de la dignidad de los gordos.

El resultado es que cada vez se restringe más el campo del chiste. Los tradicionales chistes sobre la lógica femenina merecerán reproches de misógino y sexista, por crear un clima propicio a la violencia de género. Si la broma recae sobre un gay, eres un homófobo. Imposible hacer una ironía sobre el apego de los judíos al dinero, sin ser tachado de cultivar estereotipos antisemitas. ¿Un chiste de blancos y negros? ¡Menudo racista! Hagas lo que hagas, siempre habrá una asociación que vela por el buen nombre del colectivo, y que se siente ofendida por la broma y reclama disculpas. “¡Ya no podemos hacer ni chistes de tartamudos!”, me decía un humorista.

Con la sensibilidad a flor de piel, todo se toma al pie de la letra. Lo ha experimentado en propia carne el jefe del Eurogrupo, el holandés Jeroen Dijsselbloem, que ha levantado una polvareda al declarar a propósito de la ayuda de los países del euro del Norte a los deudores del Sur: “Como socialdemócrata considero la solidaridad extremadamente importante. Pero quien la exige también tiene obligaciones. No puedo gastarme el dinero en alcohol y mujeres y a continuación pedir ayuda”.

No es tan difícil entender que lo que quería decir es que uno no puede gastarse alegremente el dinero que no tiene y luego pedir que se lo preste otro. Pero se interpretó como si realmente estuviera recriminando al Sur que se había gastado el dinero en tabernas y burdeles. En cualquier caso, deberíamos reconocer que en la crisis española hubo una borrachera crediticia, pública y privada, que nos llevó a un endeudamiento irresponsable. Quizá hubiera sido más exacto decir que uno no puede gastarse el dinero en aeropuertos, estadios y AVE, y luego pedir ayuda. Pero de ahí a tachar a Dijsselbloem hasta de ¡misógino! y pedir su dimisión, hay un trecho.

Quizá el jefe del Eurogrupo había escuchado el pasodoble de Manolo Escobar “¡Viva el vino y las mujeres!”, que en tiempos menos quisquillosos presentaba estos dones del cielo como la más pura esencia española, y llegaba decir “y los que vienen, extranjeros, a nosotros, con un abrazo les entregamos la mitad”. ¡Tiempos aquellos en que podíamos mostrarnos dadivosos con el Norte!

Pero también hay que tener mucho cuidado con la geografía, que hoy día todo territorio tiene la cabeza muy alta. Por no darse cuenta de esto, el fiscal general de EE.UU., Jeff Sessions, ha dado pie a que los adversarios de la Administración Trump le monten un escándalo acusándole de haber ofendido a Hawái.

En unas declaraciones Sessions se había referido a la iniciativa de un juez de distrito de Hawái, que había paralizado en toda la nación las medidas de Trump para limitar temporalmente la entrada de inmigrantes de algunos países, por razones de seguridad. Sessions dijo que en el país había 700 jueces de ese nivel, y que le parecía fuera de lugar que un solo juez de “una isla en el Pacífico” bloqueara una medida que al fiscal le parece perfectamente constitucional

Más allá del contenido de la orden, lo que ha provocado el escándalo es que Sessions se refiera a Hawái como “una isla en el Pacífico”. Como desde el punto de vista geográfico la afirmación es incuestionable, le han buscado las vueltas diciendo que es una frase despreciativa para Hawái, que es tan estado americano como cualquier otro. Un senador demócrata ha respondido indignado: “Esa isla es mi casa. Tenga un respeto”. Como se enteren los de Lepe…

Sessions, que no está dispuesto a pedir disculpas por sus palabras, ha comentado: “Todo el mundo ha perdido el sentido del humor”. Y esto sí que es un problema. Muchas veces, una visión humorística contribuye a relativizar los enfrentamientos y a burlarse de los extremismos, como se ha visto en el éxito de Ocho apellidos vascos. Se abren así nuevos espacios a la libertad. En cambio, la proliferación de dignidades ofendidas solo augura menos libertad de expresión y más aburrimiento.

 

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Una Respuesta a Oiga, ¡un respeto para el humor!

  1. Ma. Elena Melgarejo dijo:

    No olvidemos que el sentido del humor es patrimonio de la inteligencia. Si ésta escasea, el aburrimiento es seguro, la susceptibilidad también y una pizca de soberbia.

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