Los escrúpulos de la dieta

Desde los años sesenta del pasado siglo las profecías apocalípticas nos persiguen. Entonces se decía que la Tierra ya no podía alimentar a una población desbocada. El “experto” más famoso de entonces, Paul Ehrlich, biólogo de la Universidad de Stanford, autor del best seller mundial The Population Bomb, mantenía que “la batalla para alimentar a toda la población mundial está perdida”, que morirían centenares de millones por hambrunas y que ni tan siquiera valía la pena ayudar a la India, que estaba condenada. Pero la “revolución verde” en la agricultura disparó la producción de alimentos, y la población mundial, que ha pasado de los 3.550 millones de entonces a 7.630 millones hoy, come bastante mejor. No ha desaparecido la malnutrición, pero ha bajado del 28% en 1970 al 11% en 2015.

La amenaza de los años sesenta era si acabaríamos luchando con el vecino por el plato de arroz. Ahora el apocalipsis es el calentamiento global, y lo que se plantea ya no es si podemos comer sino qué debemos comer y cómo comer menos. Hace pocas semanas el panel de expertos que asesoran a la ONU sobre el cambio climático publicó otro informe en el que aboga por reformas profundas en la producción de alimentos, la gestión de los suelos y cambios en la dieta. El informe recuerda que desde mediados del pasado siglo el consumo per cápita de grasas vegetales, carnes y, en general, la ingesta de calorías se ha disparado. Lo cual ha llevado a que en el mundo vivan 2.000 millones de personas con sobrepeso (algo que podría consolar a Ehrlich).

Así que hay que cambiar la dieta: menos proteína animal, más frutas, verduras y legumbres. De repente, las vacas dejan de ser un animal de paisaje bucólico, y empiezan a ser vistas como bombas ambulantes. Los rumiantes emiten gas metano a toda hora, y el metano tiene un potencial de calentamiento 28 veces mayor que el CO2. En conjunto, la ganadería es la responsable del 14,5% de los gases de efecto invernadero. Mensaje: hay que reducir el consumo de proteína animal. Alemania, el país que celebra la salchicha y el cerdo asado, se plantea ya subir los impuestos sobre la carne. La dieta ideal, según un reciente dictamen de expertos dietistas publicado hace poco en The Lancet, sugería que había que limitar la carne roja al equivalente a una pequeña hamburguesa de ternera a la semana.

La receta puede resultar hiriente para los malnutridos a los que ya les gustaría comer una hamburguesa de ternera a la semana. Pero eso es lo que ocurre muchas veces con los remedios que los países ricos idean contra el cambio climático. Después de haber contaminado a rienda suelta mientras ellos se desarrollaban, ahora pretenden que quienes están alcanzando la pubertad económica se moderen. Desde el momento en que los chinos ya no se conforman con arroz y empiezan comer carne, esto es insostenible.

Pero hay que reconocer que el informe de los asesores de la ONU advierte esta brecha alimentaria, y propone reducir el consumo de proteína animal en algunas partes del mundo y aumentar el consumo de carne en las regiones donde hay una dieta baja en proteínas. Pero ¿qué hacemos? Uno puede en Madrid cambiar chuleta por legumbres, pero no es fácil que proliferen los McDonald’s en Kinshasa.

Estaba ya casi convencido de cortar con la carne y pasarme al pescado, cuando leo en The Guardian al columnista George Monbiot, especializado en medio ambiente. Comentando otro informe de asesores de la ONU sobre pérdida de la biodiversidad, asegura que anuncia “el colapso general de la vida en la Tierra”. Nada menos. Pero su comentario se centra en la vida marina, ya que, según el informe, la principal amenaza a la biodiversidad marina no es la polución, ni es el plástico, ni es el desarreglo climático, sino la pesca. La industria pesquera, que no respeta ninguna regulación, estaría acabando con las especies marinas. “Casi no hay pescado o marisco que podamos comer con seguridad”, es decir, con conciencia segura de no estar colaborando en su extinción, dice Monbiot. Pero no podemos transigir en esto. Así que su dictamen final es categórico: “Si quiere influir para que esto cambie, deje de comer pescado”.

Ni carne ni pescado. Cada vez queda menos en la mesa. A este paso nos hacemos todos veganos, y a lo mejor logramos que la niña sueca Greta Thunberg deje de predicarnos y se ponga a estudiar en su escuela.

Pero es el precio a pagar para ser un auténtico “climatarian”, como se llama a quienes “eligen qué comer de acuerdo con lo que es menos perjudicial para el medio ambiente”, según explica un reciente artículo de Nacho Sánchez. Eso de comer según lo que a uno le gusta es un egoísmo insostenible, ahora que hay que salvar el planeta.

Para el climatarian ir a la compra se convierte en una operación detectivesca. Hay que averiguar el origen de los productos. Comprar fruta, legumbres y verduras no asegura respetar el medio ambiente, si la mandarina o la zanahoria están envueltas en plástico. Antes de comprar una dorada hay que someter a interrogatorio al pescadero, para asegurarse de que se ha capturado conforme a buenas prácticas de pesca sostenible. Antes de comprar algo de vacuno hay que pensar a fondo que la producción de un kilo de verduras emite 153 gramos de CO2, y uno de carne 13.300. ¿Realmente lo necesitas? ¿Qué ejemplo estás dando a tus hijos? Ni tampoco vale una fruta traída de cualquier sitio. Comprar aguacates traídos de Ecuador o mangos de Paraguay es un modo de contribuir a la emisión de gases de efecto invernadero por el transporte. Pero esto plantea también otro problema de conciencia: ¿No estaremos creando un nuevo obstáculo a exportaciones agrícolas en las que pueden competir los países en desarrollo?

Así que la compra se convierte en una carrera de obstáculos. Como reconoce el articulista: “El último requisito para ser un climatarian es tener tiempo” y, cabría añadir, una conciencia escrupulosa.

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Una Respuesta a Los escrúpulos de la dieta

  1. María Carmen dijo:

    Pertenezco al grupo de investigación en Comunicación de la Ciencia de la Universidad de Navarra. He trabajado y trabajo en proyectos sobre la comunicación del cambio climático.
    Entiendo que en un artículo periodístico caben ciertas licencias, pero no comparto el tono de este texto. Creo que estamos llamados a cuidar de la casa común.
    Un saludo, Mari Carmen

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