La tiranía de la queja

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En esta cultura de la queja propia de la sociedad actual, cada vez más minorías se sienten víctimas y exigen que los demás se acomoden a sus deseos. A finales del año pasado, los veganos y vegetarianos británicos protestaron contra el nuevo billete de 5 libras, porque está hecho de un polímero que entre sus ingredientes incluye una mínima parte de sebo animal. Nadie discute que el nuevo billete es más resistente, más limpio y más difícil de falsificar, pero esto no consuela a los irritados veganos. Más de 120.000 personas han apoyado una petición online para exigir al Banco de Inglaterra que deje de utilizar en los billetes esta grasa animal que es “inaceptable” para millones de veganos.

El inventor de este polímero, el australiano David Salomon, les ha respondido que la protesta es “estúpida”. El billete contiene una cantidad ínfima de sebo, que también se encuentra en productos como las velas o la sopa. Además tiene un buen perfil medioambiental, pues en su producción se utilizan menos productos químicos, es más higiénico que los billetes de papel y evita cortar árboles.

Hasta ahora sabíamos que los veganos renuncian a comer cualquier cosa que proceda de los animales. Pero aunque nadie les ha pedido que chupen los billetes, ahora su tabú se extiende a no utilizar nada que tenga origen animal. Siempre les queda el recurso de utilizar monedas o de pagar con tarjeta, habida cuenta de que el uso de efectivo está en retroceso. Pero que todos los demás tengan que renunciar a un material más limpio por los peculiares sentimientos de una minoría se parece mucho a una imposición.

Pero es que ahora las minorías supuestamente débiles ya no tratan de convencer a los demás, sino de imponerles sus puntos de vista. Esta exigencia puede llegar incluso al modo de hablar. Así, también ha sido noticia que la Unión de Estudiantes de la Universidad de Oxford recomienda a sus miembros que en vez de los pronombres “he” o “she” utilicen el recién inventado “ze”, pronombre neutral desde el punto de vista del género. Según parece, se trata de favorecer un clima inclusivo y de evitar una posible ofensa al estudiante transexual, cuyo género puede ser fluido y en transición.

¿Pero cómo saber dónde está y cómo dirigirse a él? Cuando la biología ya no es un dato determinante, hay que conocer el pronombre elegido por la persona que considera que su género no coincide con las tradicionales categorías de masculino o femenino. En este tipo de comunidades “no binarias”, proliferan los pronombres personales inventados, ya sea “ze” o “zie” o “ey” y los nuevos tratamientos de Mx y Msc. Para evitar confusiones y no herir sensibilidades, en las clases y seminarios de algunas universidades americanas se recomienda que el estudiante se presente y diga cómo quiere ser llamado y qué pronombre prefiere.

Cada uno es muy libre de elegir cómo quiere ser llamado. Pero obligar a los demás a cambiar el lenguaje normal y a hablar de un determinado modo para que él/ella/otros se sienta contento, no deja de ser un atropello. La libertad de expresión exige que nadie te dicte el lenguaje que hay que utilizar. Sobre todo cuando, en cambio, te exigen usar unas palabras artificialmente construidas.

El asunto se prestaría a la burla, si no fuera porque en algunos centros de enseñanza quien se niega a obedecer estos dictados lingüísticos se arriesga a ser sancionado. En Canadá ha dado mucho que hablar el caso de Jordan Peterson, profesor de psicología en la Universidad de Toronto, que se negó a utilizar este “newspeak” de género. Paterson sufrió los ataques de los activistas LGTB y recibió dos cartas de advertencia de las autoridades académicas, por suscitar un debate sobre la política de “pronombres preferidos”.

Peterson advertía que estos pronombres artificiales “son la vanguardia de una ideología izquierdista radical y post-moderna”, que está imbuida de la misma actitud autoritaria que el marxismo. Pero en este caso el individuo no queda sumergido en la clase social, sino que ocupa el primer plano. Como ha escrito Joanna Williams: “La idea de que una persona puede dictar el lenguaje usado por otros revela el narcisismo inherente en la actual obsesión con la idea de género como una construcción”. Y si los demás no se amoldan a mis deseos, ofenden mi identidad.

Ya que hay tanta preocupación por evitar que una persona sufra acoso por su modo de ser peculiar, habría que aplicar la misma regla para respetar la libertad de expresión de quien desea utilizar las palabras en función de la realidad y no según la fantasía de otros.

 

 

 

 

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