La tarta de la discordia

Los personajes Epi y Blas de Barrio SésamoYa se sabe que la política es muchas veces un pasteleo. Pero rara vez una tarta ha dado lugar a tanto debate mediático y político como la que se negó a hacer una pastelería de Newtownabbey (Irlanda del Norte) el pasado mayo. Para celebrar el Día Internacional contra la Homofobia, un cliente encargó una tarta en la que debían aparecer los personajes de Sesame Street  Bert y Ernie emparejados, con el lema “Support Gay Marriage”.

La pastelería Ashers, una empresa familiar, se negó a hacer la tarta. Alegó que eso significaría apoyar la campaña en favor del matrimonio gay, algo incompatible con sus convicciones religiosas. Hay que tener en cuenta, además, que Irlanda del Norte es la única parte del Reino Unido en que el matrimonio entre personas del mismo sexo no es legal, algo que ha sido recientemente confirmado por votación en la asamblea legislativa.

Si el cliente, Mr. Gareth Lee, solo quería tener una tarta, le bastaba dirigirse a otra pastelería que estuviera dispuesta a hacérsela. Y, de hecho, no tuvo ningún problema para conseguirla. Pero le resultaba intolerable que alguien rechazara su pretensión. Así que denunció el caso a la Comisión de Igualdad, una agencia del gobierno, que vela para evitar las discriminaciones.

Después de una amplia atención mediática y de interpelaciones en el Parlamento, la Comisión ha enviado ahora una carta a la firma pastelera en la que mantiene que su negativa a hacer la tarta supone una “discriminación política y por orientación sexual”. Y le exige que pida disculpas e indemnice al cliente por haber herido sus sentimientos, y que en caso contrario les llevará ante los tribunales.

El caso no es único. También en Estados Unidos se están dando situaciones en las que un fotógrafo u otro profesional se niega a prestar sus servicios en una boda gay, por ser incompatible con sus convicciones sobre el matrimonio. Y a veces han sido perseguidos en los tribunales.

En el caso de Irlanda del Norte, el asunto de la tarta tiene una guinda especial, pues, según la Comisión, si alguien pide una tarta en favor del matrimonio gay no puedes negarte, pero el matrimonio en sí mismo está prohibido. No es extraño que la Comisión haya necesitado 16 páginas para explicar las contorsiones jurídicas del caso

Si la pastelería se hubiera negado a vender una tarta al cliente por el hecho de ser gay, habría sido una discriminación. Pero escribir en la tarta un eslogan político, en contra de tus convicciones, es algo completamente distinto. Como ha dicho Simon Calvert, vicepresidente del Christian Institute que defiende a la pastelería: “¿Realmente está diciendo la Comisión que todos los propietarios de negocios están obligados a promover cualquier causa o campaña,  por mucho que estén en desacuerdo con ella?” “Si apoyar el matrimonio gay es una opinión política protegida, añade Calvert, también lo es apoyar el matrimonio tradicional. Sin embargo, la Comisión favorece claramente una opinión contra la otra y está dispuesta a litigar por ello”.

Pero es que cuando se trata de activistas del matrimonio gay todo lo que no sea someterse a sus exigencias se interpreta como discriminación. En estos casos se ha perdido la lógica que uno aplicaría a cualquier otra causa. ¿Habría que denunciar como discriminador a una pastelero paquistaní que se negase a hacer una tarta con el eslogan “Immigrants go home”? Después de todo, es una opinión política legal. ¿Y a una librería de un colectivo feminista que se negase a vender un libro del tipo “Sé sumisa a tu marido”?

Los profesionales que, por sus convicciones, prefieren mantenerse al margen de las bodas gais, son presentados por el nuevo establishment como gente intolerante. Pero el epíteto a quien cuadra es a los que quieren obligar a otros a hacer actos que van contra sus convicciones.  Lo que les están pidiendo es que sean hipócritas, que sus actos no estén determinados por lo que piensan sino por lo que es aceptable para otros.

Normalmente, la censura y el  riesgo por infringirla estaba determinado por lo que uno decía o escribía. Pero  la  nueva intolerancia llega incluso a penalizar por lo que uno no quiere escribir. Es una senda peligrosa, que ya ha sido recorrida por los regímenes que no se conformaban con menos que la adhesión incondicional y pública.

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