La resaca de la revolución sexual

Los choques entre madres e hijas que se sienten incomprendidas son clásicos. En lo que se refiere a la conducta sexual, antes lo habitual era que en estos enfrentamientos intergeneracionales las mujeres de más edad reprocharan a las más jóvenes su imprudencia y les advirtieran contra los apetitos masculinos. A su vez, las jóvenes tendían a criticar la rigidez y el conservadurismo de las madres. Pero luego vino la revolución sexual, la píldora y la transgresión feminista, y cambió todo.

Sin embargo, da la impresión de que la liberación sexual no ha sido la panacea para que las mujeres logren el respeto y la igualdad con los hombres. Si hacemos caso a la ola de denuncias del #MeToo, parece que el abuso sexual, laboral y social está a la orden del día. Bajo la aparente unidad de la campaña del #MeToo, se observa una curiosa división entre feministas maduras y jóvenes indignadas. Ambas coinciden en la denuncia de los abusos sexuales sufridos por mujeres en el ámbito profesional, a manos de depredadores poderosos. Pero sus análisis y sus experiencias no coinciden.

Ahora son las de más edad las que siguen invocando la liberación sexual, las que rechazan ver a las mujeres como “eternas víctimas” que deben ser protegidas, las que advierten contra el afán censor de un nuevo puritanismo, y piden que no se confunda la seducción con el acoso machista. El manifiesto de cien mujeres francesas encabezado por Catherine Deneuve o las declaraciones de una feminista clásica como Germaine Greer lamentando el afán “quejica” de las jóvenes, son un buen exponente de esta postura.

En el otro lado encontramos a feministas jóvenes que hablan de fronteras y límites, de asegurar el consentimiento sexual, de poner coto a las insinuaciones masculinas no deseadas, de que la mujer no sea vista como un objeto sexual a disposición del hombre. En las universidades americanas donde en mayo del 68 se predicaba y practicaba la transgresión sexual liberadora, ahora se publican detallados reglamentos sobre qué debe entenderse por consentimiento sexual, hay talleres para orientación de los nuevos alumnos en esta casuística e instancias a las que presentar quejas.

Si antes era de buen tono ridiculizar las reglas sobre la moral sexual, en los tiempos que corren se está redescubriendo la importancia de poner límites. Ahora que para muchos estudiantes –ellos y ellas– el sexo es algo puramente lúdico, más vale ponerse de acuerdo en las reglas del juego. Pero a falta de cultivar la virtud y el respeto, solo queda el legalismo.

Más que las ideas, lo que divide a las feministas maduras y a las mujeres de las nuevas generaciones son distintas experiencias. Da que pensar lo que refleja la columnista Van Badham en un artículo publicado en The Guardian. Reconoce que la visión de Deneuve/Greer responde a la época de la revolución sexual, cuando el sexo fuera del matrimonio y el saltar de pareja en pareja se asimilaban a la lucha contra una sociedad patriarcal que oprimía a la mujer. Lo que ha ocurrido en las siguientes décadas es que “tan pronto como las viejas feministas conquistaron la liberación sexual, el patriarcado la reformuló como una disponibilidad sexual a favor de los hombres”. O como ha escrito David Quinn en The Times: “Hoy la única regla sexual es ‘consentimiento’, y a los hombres se les ha enseñado que las mujeres están siempre sexualmente disponibles porque esto es lo que significa ’liberación’”.

No es extraño que esta liberación haya echado nuevas cargas sobre muchas mujeres. “Una omnipresente sexualización femenina –escribe Van Badham– ha manifestado una realidad en la que muchas mujeres jóvenes se encuentran en situaciones sexuales indeseadas una y otra vez. Las jóvenes sienten que el sexo liberado ha realzado su tradicional estatus patriarcal de objetos sexuales, en vez de liberarlas de él”.

Y no pensemos solo en los abusos de hombres poderosos sobre empleadas dependientes. Todo este debate sobre qué debe entenderse por “consentimiento” indica un desconcierto muy común en las relaciones entre hombres y mujeres jóvenes e iguales.

Tampoco es casualidad que la rebelión contra el acoso sexual haya explotado precisamente en las industrias culturales. “Mientras que en otros tiempos –sigue diciendo Van Badham– las estructuras patriarcales de la producción cultural censuraban la sexualidad femenina en el cine, el arte, la literatura, ahora domina una visión hipersexualizada y explícita, pero la estructura de producción sigue siendo tan patriarcal como antes”. También aquí la mujer funciona como reclamo sexual comercializable y, por lo que se ha visto, como presa disponible.

La experiencia de las mujeres jóvenes en un nuevo contexto social y cultural explica que no vean las cosas como las antiguas feministas, y que hayan empezado a cuestionar lo que se consideraban logros indiscutibles de la revolución sexual. La píldora anticonceptiva, que permitió el sexo sin consecuencias, ha perdido su aura de instrumento de liberación. Cada vez más mujeres jóvenes la abandonan por sus perjudiciales efectos secundarios y por perturbar el funcionamiento natural del cuerpo.

La misma despreocupación que supuso al separar sexo y fecundidad dio también al hombre nuevas razones para exigir sexo sin compromiso y a veces sin respeto. A las mujeres se las convenció de que con la píldora y el aborto ya podían abandonarse al sexo lúdico, pero han comprobado que así se ha favorecido la irresponsabilidad de muchos hombres. Así que las jóvenes de hoy experimentan esta resaca de la revolución sexual y no se sienten tan liberadas.

Las quejas del #MeToo me han hecho recordar un pronóstico que tuvo mucho eco hace cincuenta años: “Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas, acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoísta y no como a compañera, respetada y amada”. Lo vaticinó Pablo VI en la Humanae vitae en 1968. ¡Qué no sabrán estos astutos romanos que habitan bajo el Cupolone!

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Una Respuesta a La resaca de la revolución sexual

  1. Cristina de San Pedro dijo:

    WOW Excelente artículo.
    Me encantaría poder aprenderlo decirlo de corrido.

    Gracias.

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