Enseñanza sin uniforme


En la organización social hay situaciones en las que se ha de elegir entre un modelo u otro, aplicable a todos. Y el resultado siempre deja descontentos. Por eso es un alivio otros casos en los que es posible que cada uno elija lo que prefiere, sin que nadie resulte perjudicado ni dolido. Es lo que ocurre en la escuela cuando las familias tienen la posibilidad de elegir entre enseñanza mixta o enseñanza diferenciada por sexos, sin ser penalizadas por escoger una u otra.

Por eso la fobia de algunos sectores a los colegios de enseñanza diferenciada es una reacción llamativa. Si se tratara de elegir un modelo único para todos–enseñanza mixta o diferenciada–, se comprende que los partidarios de una u otra fórmula defendieran sus preferencias y exigieran que no se impusiera a sus hijos lo que no quieren. Pero aquí se trata precisamente de que cada uno pueda elegir el modelo de su preferencia. Sin embargo, a las familias que eligen la enseñanza diferenciada, algunos gobiernos de izquierdas les dicen que sus impuestos no van a servir para la educación de sus hijos, porque escogen algo que al gobierno de turno no le gusta.

La alergia al derecho a decidir en materia escolar revela una intolerancia sorprendente en una sociedad que invoca el pluralismo. En un ámbito tan variado y opinable como el pedagógico, donde coexisten tantos modelos y prácticas variadas, se erige el dogma de que la enseñanza solo puede ser mixta, porque de lo contrario es discriminatoria. Después de hablar tanto de la enseñanza personalizada, resulta que la enseñanza mixta debe aplicarse a todos y en todas las situaciones y etapas, sin que el sistema educativo deje espacio para los distintos ritmos de madurez y de asimilación intelectual de chicos y chicas.

La legitimidad de la escuela diferenciada ha quedado avalada en la reciente sentencia del Tribunal Supremo, que condena a la Junta de Andalucía por negar el concierto a varios centros por el mero hecho de ser de educación diferenciada. El Tribunal establece que “no se puede asociar la enseñanza separada con la discriminación por razón de sexo” y que los centros de este tipo pueden acceder al régimen de conciertos en igualdad de condiciones con los mixtos.

No puede decirse que esta decisión sea sorprendente. La propia Convención de la Unesco sobre la lucha contra las discriminaciones en la enseñanza (1960) establece que las escuelas para un solo sexo no son discriminatorias, si cada sexo puede seguir enseñanzas equivalentes; la Directiva europea sobre igualdad de trato entre hombres y mujeres (2004) señala que la discriminación por razón de sexo no se aplica a la enseñanza pública o privada; y de hecho en distintos países europeos existen escuelas de enseñanza diferenciada, a veces entre las más prestigiosas. Sería raro que en este asunto todos ellos estuvieran equivocados y solo la Junta de Andalucía tuviera una sensibilidad especial para detectar la discriminación escolar.

¿A quién discriminarían estas escuelas? No a los alumnos/as que quedan fuera, pues nadie está obligado a elegir estos colegios y el que quiere enseñanza mixta tiene todas las posibilidades para matricular en ella a sus hijos. En todo caso, el que tiene más limitadas sus posibilidades es el que prefiere la enseñanza diferenciada. ¿Discriminan a sus propios alumnos/as? Ya sería curioso que sus padres los llevaran allí si pensaran que van a ser discriminados. La realidad es que ni los adversarios de estas escuelas alegan que tengan malos resultados académicos, porque a menudo están entre las mejores, y la misma demanda que suscitan indica su valía.

Entonces, ¿por qué el Estado habría de negar la financiación pública si un colegio adopta un modelo pedagógico de enseñanza diferenciada? El que el Estado excluya una opción pedagógica opinable y legítima es tan extraño como que excluya de las subvenciones culturales a una determinada escuela artística. Con la misma razón, mañana podría negar los conciertos a los colegios que enseñen con el método Montessori o a los que impartan como tercera lengua el chino, si al gobierno no le gusta, porque todo eso excluye a algún tipo de alumnos.

La idea de que la educación diferenciada discrimina a las niñas y que la enseñanza mixta equivale a igualdad es una creencia ya superada en otros países. Me llamó la atención que cuando el pasado abril el rey Abdalá de Jordania estuvo de vista oficial en la Casa Blanca, Melania Trump llevó a la reina Rania a visitar una escuela pública femenina en un barrio popular de Washington. En estos casos la anfitriona siempre procura enseñar alguna iniciativa de éxito, que puede interesar también a la visitante.

Excel Academy es la primera escuela femenina de Washington tipo charter (con financiación pública pero administración privada), una modalidad cada vez más frecuente en EE.UU. También es normal desde hace años que en el sector público haya escuelas o aulas solo para chicas o para chicos, si la situación lo aconseja y contribuye a mejorar la eficacia. En un sistema escolar como el de Washington, que no tiene buena fama de calidad de enseñanza, Excel Academy se ha concebido como un medio para impulsar la preparación académica y personal de las chicas, en su mayoría afroamericanas. Con la enseñanza separada, lejos de discriminarlas, se trata de darles mayores oportunidades para que tengan éxito.

En Andalucía, tal solución chocaría con el dogma de que toda separación por sexos discrimina y que la enseñanza mixta es el uniforme escolar obligado. Pero más valdría atender a razones de eficacia escolar y aparcar la ideología, una reválida demasiado ardua para algunos.

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