El sexismo va por géneros

Hay tanta queja sobre la situación de las mujeres que uno podría pensar que los medios de opinión pública minusvaloran su papel. Mi impresión es justo la contraria. Si algo se observa en la prensa hoy día es la tendencia a destacar y valorar la aportación de la mujer. Sin pretensión de estudio científico, recojo algunas muestras de informaciones de esta semana.

“Las mujeres construyen mejor la paz”, dice el titular. El sumario explica que “la presencia femenina en los procesos de diálogo da mejores y más duraderos resultados, según un estudio”. El estudio del Consejo de Relaciones Exteriores, que ha examinado los procesos de paz, dice que la presencia femenina en estos diálogos en el mundo fue inferior al 10% entre 1990 y 2017. Sin embargo, destaca que cuando hay mujeres implicadas, hay un 64% menos de probabilidades de que los acuerdos fallen y un 35% más de que duren al menos 15 años.

Siempre miro con escepticismo estos porcentajes que supuestamente dan una precisión “científica” a asuntos tan complejos de cuantificar como este. Pero no entro ahora en el contenido sino en el modo de presentarlo. Es fácil admitir que la implicación de mujeres en unas negociaciones puede contribuir a llamar la atención sobre problemas que afectan más a las mujeres, y cuya resolución puede ayudar a dar estabilidad al proceso de paz. Pero que eso sea la clave del éxito del acuerdo es otra cuestión.

Si los hombres constituyeron el 90% de los negociadores, algún papel habrán tenido. Pero es inimaginable que el titular dijera: “Los hombres construyen mejor la paz”. Sería un ¡sexismo inadmisible! Esto revela una de las leyes no escritas de la información actual en asuntos de género: si dices que por lo general los hombres hacen algo mejor que las mujeres, incurres en estereotipos sexistas; pero si dices que las mujeres hacen algo mejor que los hombres, no haces más que rendirte a la evidencia, y si no lo reconoces, estás ofuscado por prejuicios patriarcales.

En la misma información, una de las mujeres negociadoras en el proceso de paz entre el gobierno colombiano y las FARC, afirma: “Las mujeres tuvimos un verdadero papel. (…) Pero es un trabajo que no podíamos hacer solas, para que fructificara tuvimos que implicar también a los hombres”. Menos mal. Pero no me imagino a un hombre que hiciera declaraciones tan condescendientes sobre la implicación de las mujeres.

Otro titular de la semana. “Las mujeres protagonizaron la revolución agraria de la prehistoria”. También aquí el origen de la noticia es un estudio de las Universidades de Cambridge y de Viena que han analizado los huesos de restos de féminas de hace más de 6.000 años. El periodo estudiado corresponde al Neolítico, cuando la humanidad pasa de una economía recolectora (caza, pesca y recolección) a la agricultura y ganadería. Según el estudio, la relación entre el húmero de los brazos de estas mujeres y la tibia de las piernas solo se explica por una intensiva carga de trabajo en los brazos. Su fortaleza sería superior a las de las remeras de élite actuales, lo cual sugiere “su rol central en las tareas agrícolas”.

“Aquella gran revolución [la agricultura] habría tenido entonces un mayor protagonismo femenino oscurecido hasta ahora”. Y es que este tipo de presentación responde al género de rescate de aportaciones femeninas históricamente silenciadas. Pero si esta reivindicación puede tener su sentido en otras áreas, precisamente en la agricultura nadie ha discutido la aportación de las mujeres. Siempre hemos visto mujeres trabajando en las tareas agrícolas codo a codo con los hombres, y si alguna injusticia ha habido es más bien la de algunos hombres que se quedan en casa mientras envían a la mujer al campo. Así que no hay ningún reparo en reconocer el protagonismo femenino. De todos modos, la noticia concluye diciendo que aún falta por estudiar si, “como sucedió con las mujeres, los brazos de los hombres también se fortalecieron, es decir, si su papel en la revolución agrícola fue tan relevante como en los tiempos de la caza y de la recolección”. O sea, que al final puede que los hombres tuvieran también brazos de remeros y hayan sido tan protagonistas de la revolución agrícola como las mujeres, aunque quizá mejor pagados.

Otro titular: “La educación de las niñas es la inversión menos costosa y más efectiva contra el cambio climático”. Lo dice Gary T. Gardner, del Worldwatch Institute, organización preocupada por el medio ambiente, que siempre ha visto a la humanidad –hombres y mujeres– como peligrosos depredadores del planeta Tierra. Su tesis es que “el problema central en el mundo es que las mujeres en muchos países pobres no tienen el poder de escoger cuantos niños quieren tener. Sin ese poder, tendremos una población creciente. (…) La educación ayudará a reducir esa tasa de crecimiento”. Es verdad que cuando ha aumentado el nivel de educación de la mujer, ha disminuido también la natalidad, sobre todo porque se le han abierto más posibilidades de trabajo fuera de casa. Pero si se trata de luchar contra el exceso de utilización de recursos, dos hijos en Europa pueden consumir más que seis en África. Así que el número por sí solo no explica todo. En cualquier caso, este tipo de noticia es de las que, se trate de lo que se trate, centra en la mujer la solución al problema.

Pero si se trata de educar a las niñas, van a estar en manos de mujeres. Según un informe de la OCDE sobre La búsqueda de la igualdad de género, cada vez hay menos maestros varones en la enseñanza primaria en los países de la zona. Hace 40 años eran el 42,13%; en 2004 pasaron a ser uno de cada cuatro, y en 2016 ni uno de cada cinco (el 18,9%). A la OCDE le preocupa que “cada vez menos niños vean maestros hombres, particularmente en la infancia, lo que acrecienta los estereotipos”. No queda claro si los estereotipos son que la docencia no es para hombres, que las mujeres son las más indicadas para ser maestras por su ternura y paciencia, o que los niños pueden ser educados conforme a estereotipos femeninos al carecer de modelos masculinos.

Si aplicáramos a la enseñanza primaria el patrón de igualdad de género que se propugna para otras profesiones, los Estados deberían estar luchando ya para elevar la proporción de maestros varones. Si nos preocupa que no haya suficientes mujeres ingenieros o que la informática sea un coto masculino, también deberíamos potenciar a los hombres (¿discriminación positiva?, ¿un sistema de cuotas?) para evitar la feminización de la enseñanza. Pero no parece que las mujeres estén dispuestas a dar preferencia a los hombres en las oposiciones a maestro, ni que las feministas pidan la paridad como en los consejos de administración, ni que los hombres estén tan interesados en subirse a la tarima.

Este es otro signo de los tiempos: una profesión dominada por los hombres es una anomalía contra la que hay que luchar; una profesión acaparada por mujeres es muestra de que lo hacen mejor (versión autoestima en alza) o de que la profesión es poco valorada (versión cultura de la queja).

En cualquier caso, en la prensa el estereotipo feminista es tolerable.

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Una Respuesta a El sexismo va por géneros

  1. Fernando Nogales dijo:

    Siepre tuve claro que el feminismo, por definición, su lenguaje es sexista. Tu escrito es un buen ejemplo de desenmascaramiento de dicho lenguaje feminista. Que cunda el ejemplo.

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